Globalidades resbaladizas
La conmoción por el atentado a Donald Trump abrió un contexto de globalización inesperado que pone bajo examen la política exterior. Si la Cancillería no hace sintonía fina en la localización estratégica del país (y no solo del presidente), la Argentina puede perder una oportunidad única de disputar en las grandes ligas.
La Argentina no necesita hacer proselitismo de la marca país, y eso lleva al presidente a desperdiciar los recursos del cargo, que concentra en su promoción personal. La mayoría de los viajes tiene como interés central exaltar su perfil, pero resultan redundantes para un país que es más importante que él.
Como ha dicho en algún momento Mauricio Macri, Milei parece buscar un lugar en el mundo para él más que para la Argentina. Ciertas manifestaciones personales sobre otros mandatarios ponen en peligro el peso del voto argentino.
Que Milei sea un presidente que desaira a los países de la región debilita el voto histórico de los amigos en defensa de la causa de la soberanía de Malvinas. La devaluación del voto argentino también pone en riesgo la oportunidad de disputar cargos de la más alta jerarquía.
Criollos en carrera internacional
Macri jugó, bajo su mandato, la carta de Susana Malcorra para la Secretaría General de la ONU, que ahora vuelve a estar en disputa. Los representantes ante ese organismo se alistan para el debate alrededor del cargo vacante que deja en 2026 el portugués Antonio Guterres. En pocos meses comienza la campaña, y la tradición indica que le toca a una mujer y de América Latina.
Parecen anotadas Michele Bachelet de Chile, Alicia Bárcena de México, Cristina Figueres o Rebeca Grynspan de Costa Rica. Pero también tiene chance Virginia Gamba, una argentina que ocupa uno de los cargos más altos en la ONU.
Es subsecretaria general y representante especial del secretario general para la atención de niños y adolescentes en conflictos armados. Ha realizado informes sobre la guerra en Ucrania y la crisis de Gaza que le han dado centralidad a su participación. Es experta en estrategia y autora de los libros más importantes sobre la guerra de Malvinas. Fue profesora de estrategia de guerra de las Fuerzas Armadas y de la Gendarmería de Argentina.
Además, recibió el premio Nobel de la Paz (compartido) por su tarea en favor del desarme nuclear en el mundo. Participó del programa de desarme en Sudáfrica bajo el gobierno de Nelson Mandela. En la Argentina fue una de las organizadoras de la policía de la CABA cuando Macri era jefe de Gobierno.
Y una estrella atómica
La Argentina tiene otro candidato en carrera silenciosa, pero es varón. Se trata del diplomático Rafael Grossi. Ha sido embajador argentino en Austria y es una estrella internacional sobre temas nucleares y de desarme. Ocupa la Dirección General del Organismo Internacional de Energía Atómica y es el árbitro de los conflictos que se suceden en ese campo en todo el mundo.
Como Gamba, vive subido a un avión y, como ella, tiene un rol y un campo de trabajo que le permite dialogar con todos los países y regímenes, por encima de las diferencias personales, ideológicas y geoestratégicas. Entre los hábitos no escritos, el estándar del organismo prefiere que la secretaría general quede en manos de países pequeños. México, Brasil o la Argentina son potencias regionales.
Esa condición nos las beneficia en la competencia. Tampoco ayuda a la Argentina un inconfesado veto de Gran Bretaña a cualquier pretensión de relevancia. Por esas restricciones, el voto argentino también vale mucho y conviene preservar su valor, antes que rifarlo por una ocurrencia personal.
Los tres más influyentes
Como Gamba, Grossi es un producto de una Argentina que precede al actual gobierno. Son activos de la mejor Argentina. Junto al Papa Francisco, son los argentinos más influyentes hoy en el mundo, cada cual en su campo. Y existen antes de Milei, cuya política debe servir a que conserven el prestigio que tienen.
Limita su aporte que, como conservador, profese una visión decadentista del país. Cree que el país alguna vez fue mejor que ahora y sueña con una edad de oro que sólo existe en los libros. En un ensayo ilustrador, Paul Krugman se pregunta esta semana qué les pasa a los conservadores de los Estados Unidos, que parecen odiar a su país.
Dice así: «Ese partido favorece instintivamente políticas duras y punitivas, lo que obliga a creer que no implementar tales políticas debe conducir al desastre. Incluso cuando no es así (…) Los republicanos pueden intentar tildarse de patriotas, pero realmente parecen despreciar la nación en la que viven».
No es raro en políticos de temperamento conservador. Cristina de Kirchner también desprecia, como Milei, el país y el tiempo que les ha tocado vivir. Por eso quieren cambiarlos.
(De la columna «Cumbre en la Rosada, el Congreso pelea por los espías y ¿Macri y Cristina candidatos?», Avant Premiere, en Clarín de hoy -https://www.clarin.com/politica/cumbre-rosada-pelea-espias-congreso-macri-cristina-candidatos_0_UlnHJAF2Ej.html)
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