Esta trivialidad, montada en una imagen, deja de serlo cuando el contexto cambia. Es lo que les da contenido a esas percepciones fugaces. Macri está en operaciones —en estos días entre Madrid y Qatar— para cumplir su objetivo de pasar las elecciones de octubre por debajo del radar. Esperar el resultado y emprender una recomposición con los sectores que fueron parte de Cambiemos.
Quienes hablan con él transmiten su escepticismo sobre el futuro de la gestión de Milei, en particular sobre su programa económico. Querría lo contrario, porque dinamitó el PRO para sostener esa agenda de Milei, que era la del PRO y la del ala derecha de Juntos por el Cambio, pero descree de la capacidad política de llevar todo a un buen final. Para ese momento, lo mejor es estar lejos de la explosión.
De ahí el intento de aparecer lo menos posible en acciones de superficie y de arriesgar lo menos posible la marca PRO, a la que no quiere ver comprometida en una derrota electoral.
El diseño de una nueva etapa después de octubre incluye algunos atisbos de autocrítica. Ya ha dicho que la PASO entre Larreta y Bullrich en 2023 fue suicida. También admite que quizás debió ser candidato en 2023 y que quizás hubiera ganado. En esas charlas suele ensayar comparaciones sobre qué país le tocó gobernar a él y el país de Milei.
Admite que él pudo contar con un peronismo dividido y con sectores que facilitaron su gestión, algo que no tiene Milei con un peronismo de bloqueo en las dos cámaras.
(De la columna «La abstención castigó al oficialismo con una derrota inevitable», Entretelas de la política, en Clarín de hoy – https://www.clarin.com/economia/abstencion-castigo-oficialismo-derrota-inevitable_0_FI9Gm7VwIO.html)