El periodismo político es, en efecto, un universo de conocimiento al que debe recurrir la ciencia política y la historiografía, para entender los procesos, tal como ocurrió con las generaciones de finales del siglo XIX. Esa importancia de la prensa escrita – papel o pantalla, tanto da – es hoy comparable a la que tuvo en la España de entreguerras o en los años de la transición en los ‘70. Nadie puede entender la política sin leer un periodismo imprescindible, al que García aportó junto a los hombres de su generación.
Trabajar con él un año equivalía a un posgrado de la profesión.
Encarnaba el rol del jefe de familia que se da en una redacción, según caracterizaba James Reston – editor mítico de The New York Times- . Severo y exigente, elegía la llaneza ante el argumento ajeno y hasta se conmovía ante una demanda sincera. Con la misma sutileza con la que él persuadía y doblegaba a sus fuentes para que le revelasen lo que jamás debía revelarse. Era su destreza más demoledora.
Escribía, como los grandes, en estado de gracia. Era un clásico verlo al atardecer de los domingos cuando se sentaba munido de papeles y notas a escribir las «Charlas de quincho». Caía la tarde, la redacción se despoblaba y solo se oía el teclado ligero de la computadora, colgado del habano infaltable y, a veces, de los tiradores que acompañaban las rayas verticales de la camisa, agazapado como en el nido de un francotirador. Terminaba el día solo, acompañado por algún rezagado o de un tímido corrector que se le acercaba y susurraba: «Roberto, ¿acá qué has querido decir…?». La respuesta era un gesto huraño que venía de un planeta por el cual él navegaba en estado de calentura. “- Dejá, yo lo arreglo”, se rendía el corrector en retirada.
Describió con acierto ese aire de autoridad Jorge Asís, cuando lo hizo encarnar el personaje de “El decano” en varias de sus novelas. Cuando un protagonista llamaba para quejarse de lo publicado, se le podía ofrecer: “- ¿Querés hablar con Roberto?” – “- No, dejalo así, no es para tanto”. “– ¿Querés que hable yo con él?”. “- No, por favor, ni se te ocurra”.
Tenía la condición básica del periodista nato, que es el orgullo por la profesión y el alarde de no sentir vergüenza por el rol similar al personal de servicio – cuando aparece el periodista los patrones bajan la voz y cambian de tema. Tiene noción de que siempre estará ahí, antes de que todos lleguen y cuando todos se hayan ido. Ante personajes de este tipo se duda si nacieron para ser periodistas, o si el periodismo se inventó para ellos.
Como buen jefe compensaba las inequidades del sistema que rige en toda redacción. Se complementaba con Julio Ramos, que ejercía el mando – y lo admitía – como un dictador. Sin ese temperamento, el diario no salía. Muy cerca de la razón. García compensaba esa dureza porque era su socio y su amigo. Era uno de los pocos que lo tuteaba y lo peleaba en presencia de la redacción. Conducía desde una posición igual a la de sus periodistas en la redacción (una norma que imponía Ramos, que se sentaba con una mesa tan rústica y modesta como la del principiante), mientras ejercía de padre y hasta cumplía gestiones gremiales cuando era necesario.
Ese género periodístico, genial invento de Julio Ramos y de él, consolidó su madurez profesional con ingredientes del periodismo más puro: información original, gracia discursiva, sorpresa al merodear tramas de la política con frivolidades mundanas y humor muy atractivo. Nunca desmentidas, las «Charlas de quincho» generaron hasta un léxico vinculado a esa creación: «-Te paso un quinchazo», «-Te lo cuento, pero no me lo vas a quinchear», «- ¡Qué quincho que te mandaste!».
Padecía, como rasgos de humanidad, de un racinguismo casi enfermizo, que le allanaban esas diferencias. Culto y ambicioso, era un maestro de lecturas, algo que contrasta con la complejidad de su prosa, que ponía a prueba a quienes debían editar sus notas. Quienes tuvieron acceso a su vida privada, conocen su afición a la pintura, algo que reservaba a la intimidad.
Cumplía años el 2 de junio y solía festejarlos con viajes con su mujer Mónica (tolerante compañía, imprescindible en la biografía de un periodista). Aun quienes ya no lo frecuentaban imaginaban que, en estos días grises de invierno, Roberto estaba de viaje buscando el sol como recompensa para compensar la temporada en el infierno que es hacer periodismo.
Lo reclaman, como a los héroes, fantasías improbables que alimentan la leyenda. Una, que relataba entre risas, ocurriría cuando jugaba un partido de fútbol en la plaza de San Marcos y su entusiasmo lo arrojó a las aguas milenarias del Gran Canal de Venecia. Se reía también cuando le mostraban una foto de cuando cubrió un viaje presidencial y tuvo la gracia de sentarse en el sillón de Ronald Reagan en el Salón Oval la Casa Blanca.
Sorprendió a sus acompañantes, años más tarde, en un viaje de vacaciones por las islas Baleares. Entró una noche en una disco insoportable de Ibiza y entre fogonazos lisérgicos lo reconoció un argentino de su edad, a quien no veía desde hacía décadas. Lo miró con los ojos desorbitados, alzó los brazos y se le abalanzó: «- ¡Roberto! – le gritó – ¿al fin terminaste de escribir la novela?». Sabremos alguna vez si lo hizo o no. Las leyendas no mueren.
(De la columna «Murió Roberto García, figura central del periodismo político del último medio siglo», en Clarin del sábado 20 de junio ed 2026 – Murió Roberto García, figura central del periodismo político del último medio siglo)
