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TOM WOLFE BAILABA TANGOS Y AMABA A PIAZZOLLA

En la primera semana de mayo de 2008 Tom Wolfe visitó la Argentina.  Vino a la Feria del Libro y prolongó su  estadía en el país con una visita a un campo de la provincia de Buenos Aires. Su anfitrión fue el empresario Jorge Estrada Mora, petrolero y productor de cine fallecido en 2015, con quien compartía su alma mater, la Washington and Lee University (Lexington, Virginia), en donde habían estudiado. Wolfe y su mujer Sheila, diseñadora gráfica, estuvieron varios días en Santa Isabel, un campo de la familia Estrada Mora en Chapadmalal. En esos días, Jorge Estrada y su mujer Nancy O’Toole, psicóloga, albergaron al matrimonio Wolfe y a un grupo de amigos.

El escritor discurrió con ellos de todos los temas, escuchó y bailó tangos y explico su proyecto de entonces, que era la redacción de su última novela, «Back to blood». Se interesó, a ese respecto, en la experiencia de la colonia argentina en Miami, que es donde está ambientada esa obra. El relato se basó sobre la acumulación de etnias que pueblan Miami, de quienes desde la miseria escalaron al poder; algo parecido a lo que había hecho en un trabajo anterior enfocado en la ciudad de Atlanta. Contó que esa obra se la habían sugerido sus conversaciones con un jefe policial de Miami, quien lo introdujo en la experiencia de los inmigrantes -sobre todo cubanos- que convirtieron a la Florida en un centro mundial.

En esa estancia Wolfe conoció el sulky y preguntó por las raíces locales de Astor Piazzolla, a quien consideraba el músico popular más importante del siglo XX. Tuvo su premio: el pianista Armando Blumetti, quien conoció y tocó con Piazzolla, le ofreció un recital con piezas del bandoneonista. Se percató allí, sin embargo, de otro notable del tango: se hizo repetir dos veces «Flores Negras» de Francisco de Caro.

Tom Wolfe en el campo Santa Isabel (Chapadmalal), junto a la estatua del general Lee, mentor de la Washington and Lee University, adonde estudió él y su anfitrión de la visita que hizo al país en 2008, el empresario Jorge Estrada Mora. En la serie, junto a Estrada Mora y su mujer Nancy O’Toole, la editora Trini Vergara, y Sheila Wolfe, con quien bailó tangos.

Se extasió con una explicación musical que le brindó el bandoneonista que le tocó «Yesterday» (Lennon y Mc-McCartney) al tiempo que le explicaban: «Nunca supe la razón por la cual en la partitura original de este tema se incorporó un arreglo con la notación para la mano derecha del bandoneonista».

Demostró, a pesar de su delgadez, ser un glotón con las carnes: arrasó con el asado, el cerdo, el pollo y, como no le alcanzaba, también incurrió en unas brochettes de paloma. Tuvo menos disposición al vino, poquito, y dijo que todavía escribía en una vieja Underwood, que no veía televisión, que leía –  por diversión –  el escandaloso «New York Post». También confesó que, a los 78 años que tenía entonces, se ha limitado en su vida social. «Antes iba mucho -confesó- a las cenas de Brooke Astor, quien desde la cabecera golpeaba una copa y le preguntaba a uno de sus invitados, por ejemplo, Henry Kissinger: ‘A ver, doctor, por qué no nos explica lo que ocurre en Medio Oriente’”. La millonaria -muerta en 2007, – era la mujer más poderosa de los Estados Unidos y, si alguien faltaba a sus invitaciones, recibía una tachadura de por vida. «Yo nunca falté», se excusó Wolfe.

Opinó sobre Gabriel García Márquez usando una frase de Jorge Luis Borges: «¿Cien años de soledad? Me parece que tiene 50 años de más». Tal vez fue lo que más lo sorprendió de todo el viaje al escritor vivo hoy quizás más famoso en los Estados Unidos.  Recogí en ese viaje un largo diálogo con él que se publicó en aquellos días y que reproduzco abajo (Wolfe: “En EE. UU. no supieron leer a Borges” http://www.ambito.com/396806 vía @ambitocom).

Durante ese viaje argentino, Wolfe estuvo en lo que llamó «el Palacio» (usó el castellano) Bosch en donde tiene su residencia el embajador de los EE. UU. Ese año el dueño de casa era Anthony Wayne. Abrió los brazos ante un puñado de invitados y dijo: «Estoy encantado, en mi país es todo más democrático». Le costó poco a Wolfe -hombre que se mueve con ademanes aristocráticos. Crítico del «marxismo rococó» lo eludió sin embargo la crema de la intelectualidad que no quiso oír cómo se reía este extravagante personaje de la indignación moral de los opinadores de la izquierda de su país cuando hablaban de política.

Enfundado como un dandy en su traje blanco y zapatos bicolores, retorció su leyenda de raro y contestador. Contó que eligió esos gestos para hacerse de una personalidad pública y que quedaron como parte de su persona. Ese cóctel tenía como motivo agasajarlo, pero también celebrar el Día de la Libertad de Prensa (3 de mayo). Esto ocurría en plena guerra del gobierno peronista de Cristina de Kirchner contra el campo. Fue un lujo que estuviera en esa fiesta en un país azotado por la intolerancia de aquel gobierno. Wolfe conocía el oficio periodístico como pocos: suave, cauto al opinar, amable a la hora de firmar ejemplares, como el que le alcanzó ajado de uno de sus primeros libros el animador Roberto Pettinato.

En ese cóctel también preguntó por Piazzolla.  Para consolarlo, un invitado al cóctel del sábado en la embajada se sentó al piano, acercó a Wolfe y su esposa Sheila y les propinó un mini recital con las melodías del autor de «Adiós Nonino».

Antes de viajar a Chapadmalal, Wolfe habló en la Feria del Libro sin asistencia de ningún colega argentino, tuvo un desayuno sólo con periodistas, comió entraña sin piel en La Raya (también torrejas de espinaca, algo aceitosas), gozó de la suite Imperial del Faena Hotel y almorzó con otro curtidor de sombreros como él, Alan Faena, y con Austin Hearst, el nieto de William R. Hearst, aquel millonario de medios.

Lo han bautizado en su país como el padre del nuevo periodismo, una marca aldeana en los Estados Unidos que describe la manera de hacer periodismo escrito empleando los recursos de la alta literatura. En ese país se identifica esa escuela con Wolfe, Guy Talese o Norman Mailer. No fue una novedad para la lengua castellana, nosotros, en donde existía ese nuevo periodismo desde Azorín y Ramón Gómez de la Serna. En la Argentina hacían también nuevo periodismo ya Roberto Arlt y, más cerca, Rodolfo Walsh. Fue un innovador, en literatura y en el negocio editorial. Llegó a cobrar adelantos record por sus obras -vendió los derechos de una novela por USD 8 millones. Un campeón.

Wolf murió ayer en Nueva York a los 87 años.

TESTIMONIO

Wolfe: “En EE. UU. no supieron leer a Borges”

(Publicado el 2 de mayo de 2008) 

El novelista Tom Wolfe, seguramente uno de los más notables de los Estados Unidos, visita desde hoy -invitado por su embajada- la Argentina, país del que tiene referencias por su pasión por la música de Astor Piazzolla y la influencia -para él inconveniente- de Jorge Luis Borges en los escritores de su país. En un extenso diálogo que mantuvo ayer con este diario antes de subir al avión, el autor de «La hoguera de las vanidades» reflexiona sobre el futuro de la novela, su relación con el periodismo y la necesidad que ve en la literatura de recuperar su tradición realista. También cargó, como ha hecho en ensayos y artículos periodísticos, contra el «establishment» cultural de los Estados Unidos, al que ve comprometido con lo que llama el «marxismo rococó», habló de su próxima novela sobre la inmigración en Miami («Back to Blood», aparece el año que viene y recibió u$s 7 millones de adelanto por derechos de autor) y se declaró escéptico sobre las posibilidades cinematográficas de sus novelas. Reconocido como periodista, se hizo famoso en el mundo por la versión al cine de «La hoguera de las vanidades» y por la exitosa novela «Todo un hombre». Espera ahora el filme sobre su última obra «Soy Charlotte Simmons», dedicada al mundo universitario. Wolfe se abocó la mayor parte de su vida al periodismo y ha escrito hasta ahora tres novelas, género que comenzó a practicar después de los 50 años y de consagrarse como el teórico del «nuevo periodismo» en su país, una manera de escribir historias en diarios inspirándola en la manera de escribir ficción. Aquí lo más importante de ese diálogo.

Periodista: ¿Usted estuvo antes en la Argentina?

Tom Wolfe: Sí, estuve en 2005; venía de una feria del libro en Brasil, en Rio de Janeiro. Estaba tan cerca de la Argentina que no pude resistir venir a Buenos Aires a escuchar la música de Astor Piazzolla.

P.: ¿De dónde le nació ese gusto por Piazzolla, que parece algo tan argentino?

T.W.: Me regalaron un CD que se titulaba algo así como «Tangos con amigos» («Tangos Among Friends», 1996), creo que fue Daniel Barenboim donde él tocaba su música. Pero Piazzolla me pareció el mejor de todos ellos. Después alguien me envió otro CD titulado «Astor Piazzolla en Central Park». Había dado un concierto allí a finales de los 80. No lo había escuchado ni, por supuesto, había ido a ese recital. Es un concierto maravilloso. Desde entonces me agarró una obsesión por Piazzolla. Creo que hace lo que los compositores estadounidenses debieron hacer y nunca lo lograron.

P.: ¿Usted es un aficionado a la música, tiene oído para ese arte?

T.W.: ¡No! Nunca estuve atraído antes por ningún compositor en particular.

P.: Ha declarado la muerte de la novela actual por su falta de realismo.

T.W.: Sí, pero déjeme primero hablarle de la novela en los Estados Unidos. Este país tuvo un gran período de este género. Comenzó en el 1900 con Theodore Dreiser, autor de «Sister Carrie» y terminó treinta años más tarde con la publicación de «Viñas de ira», de John Steinbeck. En esos años escribieron Ernest Hemingway, William Faulkner, Sinclair Lewis, Scott Fitzgerald. Fueron los más grandes, y era todos realistas. Fue el primer período de la literatura de los Estados Unidos que, por ejemplo, interesó en Europa, con la tremenda influencia de un John Dos Passos.

P.: ¿Ahí terminó todo?

T.W.: Después de la Segunda Guerra Mundial el «establishment» literario de mi país descubrió lo que se estaba escribiendo en Francia. Usted sabe, en mi país hay gente que sigue como mascotas todo lo que se hace en Europa, en Francia. Por ejemplo, se ha idolatrado a Jacques Derrida y el deconstruccionismo. Cuando en realidad uno va a Francia, dice «Derrida», le responden: «Ah, sí hay un tipo que se llama así». Mientras que en mi país es un gran personaje. Es curioso, pasa con los filósofos, con los psicólogos, pero no ocurre con la economía o con los militares, esta influencia de la cultura mediterránea. Todavía seguimos siendo colonizados.

P.: En su última novela «Soy Charlotte Simmons», usted describe a un profesor dando clase sobre la pelea entre conductistas y freudianos.

T.W.: Claro, porque eso se refleja mucho en los círculos académicos.

P.: En la novela el correlato es la escritura sin historia.

T.W.: Sí, hay una influencia de Borges entre nuestros novelistas jóvenes. Pero, no han tomado como puntos fundamentales, los más fuertes de su obra. Y eso los ha llevado a no escribir sobre los Estados Unidos. Eso nunca sucedió antes. ¿Sabe lo que pasa? Steinbeck no fue a la universidad, Hemingway tampoco. Si uno suma o combina sus años de educación formal, no llegarían al primer año de la universidad (ríe). Hoy, los novelistas son graduados de programas universitarios de Bellas Artes, salen de programas de escritura creativa, de talleres, con una poderosa tendencia antirrealista.

P.: ¿De dónde les viene esa inclinación?

T.W.: Es que tampoco es la tradición francesa, que es la de la novela realista. Yo creo que con mi obra estoy, en cambio, en la dirección correcta.

P.: Sin embargo, usted tiene formación universitaria, estudio literatura en Yale. ¿Qué lo salvo? ¿El periodismo?

T.W.: Yo soy periodista de corazón. Por eso puedo escribir novelas realistas. Mi ídolo literario es Emile Zola, que se dedicó a mirar su mundo, a diversas actividades de su tiempo, la industria, por ejemplo, y en sus novelas representó lo mejor que pudo la Francia que él vivió, las guerras, las conductas sociales. Escribió «La débacle» («La derrota», 1892) sobre la Comuna y la guerra franco-prusiana. Escribió «La Terre» («La Tierra», 1887). Su primer gran éxito fue «L’Assommoir» («La Taberna», 1877). Era un observador que escribía del campo, pero que nunca había vivido en el campo. Se informaba de todo. Escribió «Germinal» (1885) sobre el trabajo en las minas en Francia. No se llamaba a sí mismo un periodista sino «documentalista». Pasaba mucho tiempo inmerso en la búsqueda de documentación para lo que escribía.

P.: Cuando usted sanciona la muerte de la novela y el triunfo del periodismo, ¿no le pide al periodismo que también reemplace la función de entretener que tiene la novela?

T.W.: Es claro que la primera misión de un novelista es entretener al lector. Es algo fácil de definir; cualquier cosa que le haga pasar el tiempo placenteramente sin esfuerzo físico, es entretenimiento. Eso pasa con todos los temas. Mire a Tolstoi, que escribe «Ana Karenina» y es un libro muy entretenido, pese a que es un texto muy complejo. Pero, hasta quien escribe sobre alguna teoría tiene que ser entretenido.

P.: Le preguntaba si entretener como las novelas no afectará al periodismo.

T.W.: Entretener o de alguna manera recompensar al lector es parte de lo que se escribe. Cuando yo escribía para el «Herald Tribune», que es uno de los diarios en los cuales trabajé, cuando comencé le pregunté a mi editor qué cantidad de líneas quería que escribiese sobre un tema. Me respondió: preocupate sólo de que no sea aburrido (ríe). Muchas veces el periodismo da por descontado que logra el interés del público. Y no es tan así. Si uno mira los suplementos literarios de los domingos y ve la cantidad de palabras que repiten en cada nota, se da cuenta de lo monótonos que son. En cualquier cosa que escribo, lo primero de lo que me ocupo es de atraer la atención del lector.

P.: Si uno mira en perspectiva sus ensayos y artículos de crítica al « establishment» cultural de su país de los últimos, digamos, veinte años, ¿no cree que ganó una batalla?

T.W.: Creo que las personas acerca de las cuales yo he escrito se resistirán a admitirlo (ríe). Muchos se sienten seguidores de Zola, que -como usted sabe- fue famoso por sus novelas, pero también por su debate sobre el caso Dreyfus (militar judío acusado de espionaje a favor de Alemania en 1898). El intelectual de este tipo, el que vive de lo que escribe, no existía hasta que estalló el caso Dreyfus, en el cual Zola defendió su inocencia. Con este caso, un novelista popular se convirtió en un intelectual, término que hasta entonces sólo se usaba para designar a un académico. Eso dio origen a un modelo, fue la manera en que un escritor adquirió renombre social para protestar contra el gobierno. De eso se trata. Era una forma en que expresaba su indignación.

P.: ¿A qué llama indignación, que puede ser una actitud legítima?

T.W.: Marshall Mac Luhan, el experto en medios decía que «la indignación moral es una técnica que se usa para dotar de dignidad a un idiota». Y yo veo cómo ejercen muchos intelectuales la indignación. Suelen mirar todo desde la cima de un Parnaso hacia abajo. No necesitan mezclarse con el resto, con los burgueses. Es una actitud muy ventajosa mirar hacia abajo a todos como corruptos, que hacen acuerdos, que establecen redes para vivir. Yo escribí hace algún tiempo sobre lo que llamo los «marxistas rococó», que es lo que caracteriza a muchos intelectuales de mi país cuando hablan de totalitarismo, capitalismo, cosas que son consideradas vulgares. La máxima alegría de los intelectuales marxistas de este tipo no ha sido cambiar el mundo, sino conformarse con la protesta indignada. Pasa lo mismo con algunos «verdes», que protestan por el ambiente, pero en el fondo lo hacen contra el capitalismo, aunque no usen esa palabra como los marxistas. El experimento marxista duró 70 años, desde 1917 hasta 1989, cuando cayó el muro de Berlín, pero quedan los marxistas rococó.

P.: En nuestros países se le atribuye al escritor un compromiso importante con la política. ¿Usted cree tener que cumplir algún rol en política?

T.W.: No creo que tenga nada que ver con la política. Nunca he querido escribir sobre política. La razón es que los Estados Unidos es un país tan estable que es aburrido escribir sobre política. El gobierno de mi país es como un tren en su riel, tironeado a un lado por la izquierda, y para el otro por la derecha. Pero, nadie puede cambiar el rumbo de un tren. Por ejemplo, Ronald Reagan dijo al asumir que iba a eliminar el Ministerio de Educación. Cuando terminaban sus ocho años de gobierno ese ministerio tenía el presupuesto más alto de su historia. Del mismo modo, Bill Clinton al asumir dijo que iba a cambiar por completo el sistema de salud pública. Y no hizo absolutamente nada con eso. ¡El tren está sobre sus rieles y nadie puede cambiar el rumbo!

P.: Usted está escribiendo una novela sobre la inmigración en Miami. ¿Qué le interesa de esa frontera de su país?

T.W.: Me interesó siempre Estados Unidos como país de inmigrantes, pero nunca había abordado una ciudad como Miami, que es muy interesante como único caso en donde más de la mitad de la población pertenece a una inmigración reciente, de los últimos 50 años, controlada políticamente por cubanos, que vienen de un país extranjero, con una lengua diferente, que tienen una cultura diferente. Les ha llevado hacerlo 30 años, sólo por el sistema electoral de Estados Unidos. Es un país maravilloso que permite esto de que con el voto se pueda alcanzar el poder en estas condiciones. Creo que no ocurre en ningún otro lugar del mundo. Y no sólo hay cubanos, hay nicaragüenses, asiáticos. De todo.

P.: ¿Cuándo sale la novela?

T.W.: Para el otoño boreal del próximo año.

P.: Su última novela «Soy Charlotte Simmons» va al cine.

T.W.: Sí, lo acabo de leer en «The Hollywood Reporter». Han terminado ya el libreto, y están para empezar la filmación. Hablan de varios directores.

P.: ¿Le gustó la versión al cine que hicieron de «La hoguera de las vanidades?

T.W.: En su momento omití hacer críticas negativas porque tenía todavía que cobrar el cheque (ríe). La dirigió Brian de Palma, quien dijo que fue un gran error, y tengo que coincidir. Me llevaron a una función privada con unas setenta y cinco personas. Me sentaron muy adelante, que no es muy cómodo. Cuando terminó le dije al oído a mi mujer: «¿Esta película es tan mala como creo?». Me respondió: «Sí», (ríe). Menos mal que estábamos en la fila de adelante y la gente al salir no me podía ver y decirme qué opinaba. Pero, en los Estados Unidos importa lo que diga el productor, no el director.

P.: ¿Ud. intentará controlar la película sobre su última novela?

T.W.: De ninguna manera. Nunca me interesó hacerlo con filmes que se han hecho sobre mis libros porque es casi imposible. A menos que uno haga como Larry Mac Murtry («Secreto de la montaña», «Paloma solitaria»), que hace la novela, pero además escribe el guion. Yo nunca he querido hacerlo, pero no hay problema: nunca nadie le echa la culpa al novelista si la versión es mala.

P.: Sobre las artesanías de la escritura, ¿cómo escribe?

T.W.: Escribo a mi manera, en una máquina de escribir y corrijo a mano. Escribo diez páginas a triple espacio por día de mis novelas. Cuando termino, dedico el resto a otras cosas. En la máquina de escribir uno no puede corregir con facilidad, sigue escribiendo hasta terminar las diez páginas. Con la computadora uno puede corregir, gasta tiempo y además no tiene mucha conciencia de la medida que le dan, por ejemplo, las diez páginas. Después viene la computadora. Pero en una de mis últimas novelas me rompí un dedo y tuve que escribirla a mano. No estuvo mal.

Entrevista de Ignacio Zuleta

 

 

 

 

Acerca de Ignacio Zuleta (472 Artículos)
Periodista y consultor político. Autor del libro “Macri Confidencial: pactos, planes y amenazas” (Bs. As.: Ed. Planeta, 2016). Columnista de Política Nacional del diario Clarín. 1: Columna Entretelas de la Política, que se edita todos los domingos en el Suplemento Economía. 2: Columna Avant Première, que se edita los días lunes en la sección Política (https://www.clarin.com/autor/ignacio_zuleta.html) Editor responsable del sitio www.zuletasintecho.com. Colabora en revistas del extranjero sobre temas políticos y es columnista invitado en medios de la Argentina. Como periodista y analista ha dictado conferencias en varios países. También ha realizado coberturas internacionales en sesiones de las Naciones Unidas, países de Medio Oriente, América Latina, la crisis política en Italia, los acuerdos Malvinas entre Gran Bretaña y la Argentina, elecciones en España, México, Estados Unidos, Uruguay, Chile, México y otros países, varias sesiones del World Economic Forum (Davos, Suiza) y numerosos viajes presidenciales de mandatarios argentinos y de otros países. También ha participado de reuniones científicas y profesionales como la que organiza la Global Editors Network. Ha sido Secretario de Redacción del Diario Ámbito Financiero, Editor político de mismo diario. Durante 7 años fue además responsable de la sección “Charlas de quincho”. Fue director responsable del diario “La Mañana del Sur”, Neuquén. También fue columnista del diario La Capital (Mar del Plata). En medios radiales, tuvo actuación a cargo de programas en FM la Isla y Radio el Mundo de Buenos Aires. Conductor durante 5 años del programa de debate político “Contrastes” (Canal Metro de TV). Es doctor en Filosofía y Letras (Universidad Complutense de Madrid, España) Graduado del programa Publishing on the Web de Stanford University, Graduate College, Palo Alto, California. Es miembro del Consejo Consultivo del CARI (Consejo Argentino de Relaciones Internacionales). Es profesor de la Maestría en Magistratura y Gestión Judicial (Conadu) que organizan la Corte Suprema de Justicia de Mendoza, la Universidad Nacional de Cuyo y la Universidad de Mendoza en el módulo “Prensa y Justicia”. Es crítico literario, autor de “La Polémica Modernista” (Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1989, en curso de reedición) y de la edición crítica de “Prosas Profanas y Otros Poemas” de Rubén Darío (Madrid: Ed. Castalia, 2015). Es el editor de un volumen de las Poesías Completas de Rubén Darío para la editorial Castalia de Barcelona, España (2016). Es Miembro del Consejo Asesor del proyecto de Archivo Dariano y Obras Completas de Rubén Darío. Universidad de Tres de Febrero (2016). También es autor de trabajos de investigación publicados en órganos científicos de Estados Unidos, España y la Argentina. Recibió un premio Nacional de Literatura en la Argentina, el premio Pedro Salinas en Puerto Rico, el premio de Cultura Hispánica en Madrid (España) y el premio Alfonsina en la ciudad de Mar del Plata. Fue destacado en 2017 como uno de los cinco periodistas de la última década en la especialidad “Análisis Político” por el Jurado de los premios de la Fundación Konex Ha sido profesor titular ordinario en el Departamento de Letras de la Universidad Nacional de Mar del Plata de las cátedras de Literatura Hispanoamericana y de Literatura Española. También Decano de la Facultad de Humanidades de la UNMdP durante un mandato de tres años. Fue profesor de Literatura Española, Literatura Argentina e Hispanoamericana y de Introducción a la Literatura en la Universidad Nacional de la Patagonia. Santa Cruz, Argentina. Ha dictado cursos y conferencias sobre crítica literaria en universidades de Estados Unidos, México, Colombia, España y otros países. También ha dictado cursos y conferencias en facultades de periodismo de todo el país. ignacio@zuleta.org @izuleta www.zuletasintecho.com
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