La esencialidad de algunas actividades ya está prevista en las leyes, pero ningún gobierno ha querido o ha podido activar. Fernando de la Rúa firmó un decreto (el 843/200) pero nunca lo aplicó. Kirchner lo anuló e impuso otro texto, pero funcionó de forma esporádica. El decreto 272/06, hoy vigente, creó una Comisión de Garantías, con representantes del empresariado y los gremios, para organizar huelgas mansas. El actual secretario de Trabajo, Julio Cordero, integró en algún momento ese comité en representación de los empresarios.
Guevarismo de cabotaje
Este punto es la prueba de que hay leyes ya existentes y que los gobiernos no quieren, no pueden o no saben aplicar. Y para disimular esas discapacidades, promueven debates aspaventosos –leyes ómnibus, por ejemplo- que simulan revoluciones innecesarias.
La tropicalización de la Argentina no ha traído solo el dengue. Ha impregnado a la política de este guevarismo de cabotaje en dirigentes políticos que dicen: no puedo gobernar si no me dejan hacer la revolución. Cuando basta con aplicar las leyes existentes. La trivialidad de la operación la admite el propio Milei cuando se ríe de los proyectos. “No los voten, que yo puedo gobernar igual”.
En el manual de la derecha autoritaria de importación, dice la ensayista americana Anne Applebaum, está marcado el objetivo que se pretende también para la Argentina: crear miedo, cinismo, nihilismo y apatía para convencer al público de que la democracia -la que radica en el nido de ratas, o sea el Congreso según Milei- está degenerada, que las elecciones son ilegítimas y valen más los tuits que los votos y que la civilización muere si sigue detrás de la agenda 2030.
(De la columna «Jubilaciones, por el camino del tabaco», Entretelas de la política, en Clarín de hoy – https://www.clarin.com/economia/jubilaciones-camino-tabaco_0_BsHp0IBbWC.html)