Por imponer el método transaccional, el gobierno alimenta la propia fragilidad de ser minoría. En lugar de buscar acuerdos, exaspera con agresiones a todos los sectores usando la misma táctica que empleaba Néstor Kirchner para negarle legitimidad a todos los agentes de construcción de poder, institucionales y personales, que pudieran ponerle luz a la baja legitimidad de su acceso a la presidencia en 2003.
Hijo, como Milei, de la legalidad del ballotage, Kirchner venía de perder las elecciones con Carlos Menem y era ahijado del padrino Duhalde en representación de una de las tres listas en las que se había dividido el peronismo. Caminó hacia el 2007, fecha en la que ni pudo reelegir, negándole legitimidad a los partidos políticos, a la Iglesia, a los militares, a las ligas empresarias, a los gremios, a los periodistas. Incluso intentó deslegitimar el pasado, que buscó reparar en su favor con un giro de la política del peronismo hacia la revisión de la dictadura.
El insulto a Alfonsín el 24 de marzo de 2004 tiene el mismo sentido que el de Milei en Córdoba. Kirchner habló en 2004 de «la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia tantas atrocidades». Milei lo acusó a Alfonsín, 20 años después, de «golpista». Kirchner por lo menos le pidió perdón a Alfonsín.
Milei, cuando recibió a los gobernadores radicales, se justificó: «¿Y qué? Soy economista y también critico a los economistas». Y cambió de tema. La táctica de la deslegitimación explica por qué Milei no quiere saber nada con los dirigentes que construyen poder, aunque compartan sus objetivos. Por eso no quiere tener nada que ver con Macri, ni Pichetto, ni López Murphy, ni con Negri, ni con Juan Carlos Romero, ni con los gobernadores, ni con los sindicalistas, ni con los periodistas. Vino solo y quiere seguir solo.
(De la columna «Para el gobierno de Milei, el cepo bien vale una misa», Entretelas de la políica, en Claríbn de hoy – https://www.clarin.com/economia/gobierno-milei-cepo-bien-vale-misa_0_fPpoI3e3t5.html)