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QUÉ TIENE MACRI EN LA CABEZA (Y SE GUARDA DE DECIR)

¿Qué decir y qué no decir de todo lo que tiene en la cabeza? Mauricio Macri sabe que cada palabra dispara un conflicto. Intenta, además, desplegar un método de gobierno distinto al del anterior: reemplazar un sistema que se basó en el “relato” por el imperio de la “gestión”; hablar menos, pero mostrar día a día que puede desarrollar un proyecto. La duda es la de siempre: ¿da tiempo la política para abordar los mejores métodos o la prisa y la improvisación son la ley de la calle en el país invertebrado?

Cuando se acomoda en la silla buscando mitigar el dolor por la costilla trizada musita: estuve dos años hablando de la teoría de lo que había que hacer; ahora es el momento de poner todo en acción. La reflexión merodea en las interminables reuniones en las que transcurre un día típico del presidente. Ese nuevo método le tiene que permitir todo: asentarse en el primer año de gestión, enfrentar una rabiosa elección legislativa al año que viene – ojo, en un año y medio ya hay cierre de listas para las PASO -, y mostrar fuerza desde el año que viene para pelear una reelección sin la cual ningún proceso político parece completo.

El maratón de reuniones con ministros le permite a Macri completar en estas horas un primer balance de la herencia recibida, recurso que tiene todo gobierno nuevo para tomar envión y definir la agenda de las peleas con sus adversarios. Esa rutina lo mantuvo el martes clavado en el sillón del despacho presidencial en el cual busca alguna posición que le alivie el dolor que lo tiene encorsetado. La oficina está acosada por un enjambre de funcionarios que entran y salen e grupos y solos con una liberalidad poco usual en su antecesora. Le basta a sus secretarios y asesores con golpear la puerta vidriada para entrar y pasarle mensajes y papelitos. Al final de un martes de saco y corbata – se lo exigieron visitantes como los chilenos Sebastián Piñera y el presidente de la Internacional Socialista Luis Ayala, que buscaban fotos además de sombrerazos, o los visitantes extranjeros que le acercó Alfonso Prat Gay – había pasado más de un centenar de visitantes.

En esa ronda interminable acumuló conclusiones que anotó a lápiz en un bloc en el que registra curvas y números. Son argumentos para usar cuando el país salga del letargo veraniego y comience la temporada alta de la pelea política, que prefiere enfrentar con artillería apuntada hacia el futuro más que hacia el pasado. Lo que encontraron sus funcionarios le sirve para armar el reproche hacia lo que le dejaron. El país no sabe, piensa, la situación económica que recibió del gobierno Kirchner. ¿Sirve eso para armar un Libro Negro para alzar un proceso a la administración que fue? ¿O el Libro Negro se escribirá solo cuando la gente empiece a conocer los detalles? Quienes hablan con él perciben que no confía mucho en hablar mucho del pasado y más en mostrar lo que puede venir. El déficit fiscal, por ejemplo, es mayor a lo que dicen los números oficiales porque quedó impaga una deuda descomunal que hay que enfrentar con el nuevo presupuesto.

Lo desvelan los números de la inflación, pero confía en que la ola de inversiones que le han asegurado que vendrá producirá efectos en lo que resta de 2016. Este año el índice no superará, le dicen, el 20% y en 2017 podrán festejarse la inflación de un dígito. Esas inversiones vendrán de afuera, pero sus funcionarios confían, como lo hacía la administración Kirchner, en que se movilizará primero el dinero que los argentinos tienen en el colchón en una dimensión que nadie puede precisar pero que equivale a un PBI. El gobierno peronista intentó perforar el colchón con cepos, impuestazos, retenciones y otros sablazos, pero no logró mucho.

El optimismo del despacho presidencial se basa sobre la ola de confianza tiene todo gobierno que comienza. También sobre medidas que Macri enumera e ilustra con el lapicito en el bloc, como la reducción del gasto, la menor emisión que, explica, son el motivo de una baja de los precios después de la escalada en supermercados de noviembre-diciembre. Los precios, confía, ya no suben tanto.

Ayuda en ese plan los gestos de alineamiento internacional que acercan al país al club de los buenos, nada de Venezuela, Irán ni Putin. Con eso bastaría para que se acerquen los trillones de dólares que sobran en el mundo a una tasa casi cero, según esta percepción en el vértice del gobierno.

El viaje a Davos es el escenario para que eso tenga más brillo. Los armadores de ese tour le han dicho a Macri que ya es el presidente que más pedidos de entrevistas tiene de otros jefes de estado y de presidentes de compañías; también el que más solicitudes de entrevistas y ruedas de prensa tiene por parte de los periodistas que cubrirán la cita a la que irá con Sergio Massa. Lo sentará junto a él en algunas de esas reuniones y también en el avión – de línea – que los llevará a Suiza. Se ríe cuando le dicen que le pida a Massa que los transporte algunos de los muchos aviones que usa el diputado. “De línea, avión de línea”, repite.

Ese desplazamiento agota hasta ahora la agenda de viajes al exterior, que limitará a los compromisos regionales como la cumbre de Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y caribeños (Celac) – llamada la “OEA sin EE.UU. ni Canadá” – que se hará a fin de mes en San Antonio de Pichincha, cerca de Quito, Ecuador (podrá admirar allí, en la sede de la Unasur, la estatua de Néstor Kirchner con el brazo en alto y saco desabrochado). No tiene otros viajes en carpeta; espera en la primera semana de febrero al premier italiano Matteo Renzi (“me viene a festejar el cumpleaños”, que es ese día) y al presidente de Francia, François Hollande. “¿Y Obama?”. Hace un gesto de duda como si creyese en esa visita-fetiche menos que los voceros que trafican esa posibilidad con más seguridad. No parece que vaya a ser un presidente viajero este año y hasta ahora no tiene previsto ocupar la tribuna de la ONU en la asamblea en setiembre, algo que seguramente le hará aprovechar la canciller Malcorra, que se mueve por esa casa como propietaria, no inquilina.

En las relaciones con otros países anota este gobierno la necesidad de resolver capítulos de la herencia recibida. Mandó a suspender las obras de las represas Kirchner y Cepernic al recibir informes sobre la falta de estudios técnicos imprescindible. Uno de ellos sugiere un cambio de margen en el río Santa Cruz a un costo superior al calculado. Otro advierte sobre daños ambientales sobre el glaciar Perito Moreno, uno de los santuarios fetiches de la geografía patria. Otro reproche señala que no se han previsto las obras de transmisión de la energía que producirían las dos represas, ya que el consumo local es ínfimo frente a la capacidad prevista de generación. La obra de transmisión costaría U$S 2.000 millones más.

La orden de paralización le traerá un costo político añadido por ser la provincia de los Kirchner, en donde ya está observada por los técnicos del nuevo gobierno otra obra, la de Río Turbio. Allí se plantea que la baja calidad del recurso para alimentar la usina obligará a importar carbón de mejor calidad desde Chile. También la oficina del rabino Bergman señala a esta obra porque supone el uso de carbón contra las recomendaciones de los organismos internacionales que buscan limitar ese combustible, paulatinamente, en los próximos años para enfrentar el calentamiento global.

Estas obras pesan en el análisis porque están en Santa Cruz, pero sobre el escritorio presidencial hay pilas de carpetas que describen el sistema la anterior gestión de prometer obras y partidas para obras sin licitación, sin estudios previos y sin previsiones de gasto. Esa percepción justifica la revisión de muchos compromisos de la gestión anterior que gobernadores e intendentes le reclaman al nuevo gobierno. “Parece que nadie fue kirchnerista”, observan testigos de reuniones con mandatarios provinciales. Eso, creen en gobierno, simplifica mucho la pelea política: todos los distritos tienen serias dificultades presupuestarias y eso va a volverlos más que razonables a la hora de hacer oposición. Una confianza quizás exagerada en el poder del bolsillo, pero a la que tiene derecho un nuevo gobierno hasta que se da cuenta de que, en política, no siempre billetera mata galán.

En materia global, las relaciones con países de la región parecen mansas. El gobierno festeja la última reunión con Tabaré Vázquez, quien se mostró sorprendido de que Macri le llevara acuerdos cerrados: compras de gas, apertura de la operación de puertos, comisión compartida para monitorear la contaminación de las pasteras. En esa reunión en La Anchorena, Tabaré divirtió a sus visitantes con anécdotas sobre su relación con Néstor Kirchner. “Vino y acordamos todo para bajar la protesta por las pasteras, pero después fue a Gualeguaychú, vio la multitud, y tiró todo abajo para halagar a los manifestantes”, contó el uruguayo.

Con Brasil, los negociadores han destrabado el entuerto que complicaba todo: la suspensión del proyecto de explotación de potasio en Mendoza de la empresa Vale. En su viaje a Brasil, le dijeron a Macri que esa firma iba a venderle el proyecto a otra compañía. Cristina de Kirchner, en el último viaje a China le sugirió al gobierno de Beijing que les cedería a ellos ese yacimiento, lo cual enardeció a Dilma Rousseff y motivó un enojo personal con el anterior gobierno que llegó hasta el 10 de diciembre. Eso empeoró unas relaciones ya ensuciadas por diferencias comerciales.

En la sintonía fina del caletre presidencial importa mucho cómo percibe las anécdotas de la crónica diaria. Por ejemplo, cuánto narcotráfico hay en la Argentina. No hay un Escobar ni un Chapo Guzmán, se escucha en esas alturas, pero hay un narco pyme muy imbricado con estamentos de la policía y de la política, que cobra. ¿Cobra? Sí, cobra, y sale de todos los cruzamientos. La justicia debe tener respaldo, como los policías buenos, para que haya prevención y represión y se limite la escalada del negocio y se evite lo que viven Colombia y México.

Le pregunta quien lo visita si con los decretos de designaciones en comisión de jueces de la Corte tiene resuelta su relación con ese tribunal. Cree que sí porque el 15 de febrero jurarán Horacio Rosatti y Carlos Rosenkranz, después de cumplir los exámenes respectivos. Con tres jueces, siempre creyó Macri, la Corte no puede funcionar. ¿Y ampliarla? No cree que sea un debate para dar ahora. No está en contra, pero cree que es una cuestión que debe discutirse sin prisas ni presiones. Sabe que ampliarla era más fácil porque hubiera podido negociar nombres con el peronismo; pero cree que hubiera transmitido la idea de que quería gente propia en el tribunal. Nadie entiende, se ríe a veces, cuando dice que no conoce a los dos candidatos. De Rosenkranz recuerda haber compartido un almuerzo en el Banco Ciudad con un grupo de académicos a intelectuales, pero nada más.

Con una Corte ya habilitada el gobierno cree que puede entrar en el año legislativo más firme: manda al Senado los pedidos de acuerdo para embajadores a países que no los aceptan en comisión (Ramón Puerta a España, Martín Lousteau a EE.UU., José Bordón a Chile) y seguirán los decretos para otros países que sí los reciben en esa condición, como Italia (irá Tomás Ferrari, hasta ahora cónsul en Bombay) o Portugal (Oscar Moscariello). Otra señal al Congreso es revisar los listados de candidatos a jueces y proponer a los mejor calificados.

Cómo abordar estas peleas – en qué tiempo y con qué condiciones – es la decisión a tomar. En el despacho más mirado hay seguridad de los réditos que le reportaron esos decretos; marcaron un estilo. Le atribuyen a Macri haber dicho que va a usar todos los “recursos peronistas” que sean necesarios para hacer mover la máquina. Un sarcasmo porque los recursos peronistas producen consecuencias peronistas; pero expresa la idea de que un país con institucionalidad tenue necesita una pizca – o una andanada – de decisionismo.

 

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