El ejemplo, casi homérico, es Patricia Bullrich. Cambiemos, la coalición que representa a la mayoría del electorado argentino, creyó que ella era la mejor candidata a presidente. Ni entró en el balotaje y fue capturada como cautiva del gobierno que le ganó, encabezado por Milei.
Trágico, más que homérico, es el destino de Adorni, que era la gran esperanza blanca y fue el año pasado candidato en CABA, distrito del presidente, por el partido del presidente y de la hermana. Sacó el 15% de los votos medidos contra la totalidad del padrón. No entró de concejal, que era para lo que había sido votado y, aunque encabezaba las encuestas y la métrica de la recaudación de plata para su campaña, se precipitó en el agravio por su conducta, perdió la jefatura de gabinete y hoy permanece en un limbo echándole la culpa a los dioses —el pueblo, a quien representa la prensa mucho mejor que los gobiernos— de su desgracia. Que le responda Zeus, o Matt Damon.
(De la columna «Una ley de tierras con 16 versiones y votos que no aparecen», ENTRETELAS DE LA POLÍTICA, en Clarín de hoy – https://www.clarin.com/economia/ley-tierras-16-versiones-votos-aparecen_0_oQqKhloyYV.html)
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