La lista chica de postulantes a Defensor del Pueblo quedó sólo en tres nombres. La mesa de acuerdos legislativos que integran Federico Pinedo, Emilio Monzó y Miguel Pichetto destrabó no sólo el proyecto de nuevo régimen de los fiscales que regirá para el sucesor de Alejandra Gils Carbó. También abrió la ronda de café para decisiones, más difíciles, aunque de gravitación menor, como la designación del defensor del Pueblo, un cargo que por la Constitución tiene que ser provisto con 2/3 de los votos de cada Cámara. Es más fácil nombrar un juez de la Corte, que requiere mayoría simple. Esta designación, como dice Pichetto, debe ser fruto de una construcción de la política. Hay decenas de postulantes, pero las apuestas se concentran en tres nombres que son objeto de negociación entre oficialismo y oposición. Se intercambian apoyos para los 2/3 por canjes en otros renglones menos visibles. Los tres nombres son: Humberto Roggero, el Gringo, respaldado por Pichetto y un grupo de senadores del peronismo; Alejandro Amor, un musolino – empleado municipal – de la jerarquía del sindicalismo porteño, que ejerce la defensoría en la CABA por un acuerdo entre el peronismo y el macrismo. Es prenda de la pax sindical de la ciudad, y busca nacionalizar ese tinglado. El tercer postulante viene con pasado massista, Carlos Sarghini, llamado por sus amigos el “Oveja”, por su tocado capilar, un economista que fue ministro duhaldista, diputado massista en la legislatura que presidió el Frente Renovador el año pasado, y que ganó una banca en la lista de este año que encabezó Felipe Solá. De esos tres nombres saldrá el nuevo defensor.
Un sector multipartidaria de todas las tribus del centro izquierda, que van del benefactor Juan Carr a agrupaciones defensoras de los derechos humanos sostienen la postulación del dirigente de la economía popular Juan Grabois. Este activista es uno de los principales asesores del Papa y tiene una fruida interlocución con el gobierno. Este dirigente estuvo hace pocos días con Francisco y fue el intermediario para que el Papa reciba en diciembre a la familia de Santiago Maldonado. Es abogado de agrupaciones mapuches y también ha actuado en defensa de Milagro Sala. Esos roles, más allá de sus merecimientos como dirigente, hacen muy complejo un apoyo de los 2/3 de los votos en el Congreso. Es sin duda uno de los dirigentes más prestigiosos de las nuevas generaciones y ejerce un liderazgo indiscutido en un sector que el piqueterismo clásico y las izquierdas creían escriturado en su beneficio. Desempeña un rol fundamental hoy en la relación del gobierno con los dirigentes de esas organizaciones y es una de las razones de paz callejera. Por eso se lo escucha con atención en los despachos oficiales. Grabois ha elaborado un manifiesto en el cual blanquea su postulación y desafía a Roggero a un debate. En uno de los párrafos de su escrito dice:
“Las organizaciones sociales, sindicales, campesinas, indígenas, ambientales, de mujeres y de derechos humanos que desafiamos el discurso hegemónico hemos perdido los pocos resortes institucionales que nos brindaba el Estado para ejercer –con nuestros aciertos y errores– la defensa de los sectores más vulnerados y vulnerables. La Defensoría del Pueblo es una institución de enorme potencialidad para suplir este desequilibrio institucional. Hace algunas semanas, Victoria Donda me propuso para ocupar el cargo. Mi generación se formó en la lucha contra los personalismos y el carrerismo individual por lo que la situación de ser candidato a algo no es precisamente la más cómoda para mí. Mis compañeros realizaron una campaña de adhesiones que más que enorgullecerme me avergüenza. Muchos de los que estamparon su firma en apoyo a mi candidatura merecen mucho más el cargo que yo. Por equis motivo, ninguno de ellos está entre los candidatos y tengo la obligación de honrar su confianza dando el debate”.
“Insisto, no creo ser la persona más calificada para el cargo. Mis méritos no superan los de cualquiera de las miles de personas que honesta y comprometidamente dedican gran parte de su vida a la promoción y protección de los derechos humanos, económicos, sociales y culturales, defensores muchas veces anónimos de un Pueblo que no se resigna a vivir en la indignidad. No creo superar en ese sentido a la más humilde de nuestras compañeras que le da de comer cotidianamente a medio centenar de pibes en alguno de los tantos comedores barriales del país. (…)