Ticker de noticias

PARA EXPLICAR EL 2016: POR QUÉ PASÓ LO QUE PASÓ. POR QUÉ PASARÁ LO QUE PASARÁ

(Reprint Premium para los amigos, para comenzar el año)

El año que comienza celebra los 100 de la ley Sáenz Peña, que impuso el sistema de voto secreto y obligatorio que rige aún, con adaptaciones, en la Argentina. También es la antesala del primer Gobierno en esos 100 años que no pertenece en puridad a ninguna de las dos familias políticas que accedieron al poder por esa norma, radicalismo y peronismo. Con las elecciones de 2015 se estrenó además una de las cláusulas extravagantes del sistema electoral: el balotaje después de más de 20 años de su inclusión en la reforma constitucional de 1994. Para el récord, el 10 de diciembre fue la segunda vez en los 100 años de democracia plena que un presidente que termina su mandato le entregó el gobierno a un sucesor electo por un partido de la oposición. Antes había ocurrido sólo en el caso de la entrega de Carlos Menem a Fernando de la Rúa en 1999.

Macri2016

Esos hechos novedosos respecto del pasado reciente son los materiales de la construcción del Gobierno que comenzó el 10 de diciembre que pone al sistema de pie por primera vez desde la crisis de 2001, que dinamitó lo que quedaba del bipartidismo en la Argentina. También aportan la luz singular bajo la cual hay que considerar las perspectivas de la naciente presidencia de Mauricio Macri:

  • Su ascenso al poder, y el de su fuerza Cambiemos, en los tres grandes cargos de la Argentina – Nación, Buenos Aires y el distrito Federal – deben entenderse también como un resultado de la restauración del funcionamiento democrático después de 15 de años de una trabajosa salida de aquella crisis y que pone también, después de ocho años, esos distritos en manos de mandatarios con experiencia de gobierno. Macri, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal acceden a sus cargos después de ejercer responsabilidades en la rama ejecutiva de la Capital Federal en procesos que ha valorado de manera positiva el electorado, liberado del peso de la emergencia como restricción colectiva de todas las conductas que fue el signo del ciclo Duhalde-Kirchner, que nació y gobernó en la salida de aquella crisis.
  • El acceso del trío Cambiemos a esos cargos es el reconocimiento del electorado a una manera de administrar la Ciudad de Buenos Aires sin formatos ideológicos. En esto marca Macri la diferencia con el peronismo al que desalojó del poder, cautivo de una concepción silogística del poder: si las ideas son las apropiada, y uno no se las olvida en el umbral de la casa de gobierno, generan buenos administradores y buenos acto de Gobierno. Esta concepción deductiva se contrapone con el estado de obras que propone la nueva fuerza de Macri: gobernemos el país como se gobierna una ciudad, el vecinalismo frente a la grandilocuencia de sacar conclusiones de la crisis de Ucrania para las decisiones del conurbano. En esa percepción los habitantes del país son nuestros vecinos, los dirigentes no somos vanguardia iluminada sino servidores públicos, el vecino no piensa en categorías partidarias ni ideológicas, pide mejor calidad, cordón cuneta, cloaca y una vida digna. Un joven está más preocupado por si lo van a discriminar en un boliche por su aspecto o por no contraer sida que por la restauración conservadora que horroriza a Carta Abierta.
  • Este método es el eje de la estrategia de Macri, que confronta con un gobierno de convicciones, de formato clásico que, además, pone ideas y principios como justificación a situaciones mortificantes para la burguesía a la que después le pide el voto: el cepo a las importaciones, las restricciones al mercado de cambio, la falta de crédito, la vigilancia fiscal, la mordaza informativa, la pelea como sistema. Algo no le funcionaba al Gobierno cuando sus personeros se quejaban, antes de la elección del 25 de octubre y con la radiografía de las PASO en la mano: no puede ser que haya 15 millones de argentinos que reciben algún plan de ayuda y que después nos vote la mitad (los 8,7 millones que cosechó el FpV en las primarias). Lo que ofrecía ese sistema era una batalla interminable contra la mano negra y las fuerzas del mal; al público se le reclamaba apoyo porque a la Argentina se le vino el mundo encima. La nueva propuesta es que el mundo es una ventana de oportunidades y que no hay idea ni ideologismo que pueda frenar el deseo de tener un celular nuevo o guardar los ahorros en dólares. Ese esquema dejaba al elector casi sin posibilidad de elección.
  • Mirar al través estos hechos permite dar alguna luz sobre los dos primeros años del gobierno Macri para analizar sus objetivos, métodos y restricciones. Para eso hay que mirar el cuadro de resultados de la primera vuelta electoral, y no los del balotaje. El 25 de octubre aportó la verdadera geología del voto criollo: el capital del peronismo que gobierna fue ese 37,8% de los votos, y el del Cambiemos fue el 34,15%. Lo que sumaron uno y otro el 22 de noviembre es voto prestado del público que vio en Macri y Scioli una segunda opción distinta a la que habían manifestado en la primera vuelta electoral. No entender esto puede ser la clave de más de un error de lectura de lo que pasó.

FÓRMULA  VOTO CAPITAL (25-O)  BALOTAJE (22-N) VOTO PRESTADO

Cambiemos 8601063                            12997987                 4396924    

FpV                9338449                          2317330                     2978881

  • Entre una elección y otra Macri sumó casi 4,4 millones de votos a los 8,6 de la primera vuelta y le ganó a Scioli, que sólo sumó casi 3 millones a los 9,3 millones que le habían dado el triunfo el 25 de octubre. Esos votos que sumó Cambiemos para pasar del capital real de votos del 34,15% al 51,34% son los votos prestados y a los que deberá atender antes que a otra porción de la sociedad el Gobierno que comenzó el 10 de diciembre. Ese segmento es que más demandas le planteará al nuevo gobierno, el que menos tiempo le dará para que cumpla expectativas. El primer ademán de Macri ha sido alcanzar a esas franjas del voto prestado reconciliándose con los dirigentes que habían recibido ese voto en la primera vuelta, es decir a las disidencias del peronismo (Massa-De la Sota) y del radicalismo (Stolbizer). Los acuerdos con el massismo en la Legislatura de La Plata no sólo buscan darle gobernabilidad a María Eugenia Vidal; también son una recompensa, a través de los dirigentes, del voto prestado. Lo son también las designaciones del ministro de Turismo que viene de De la Sota, o la de Martín Lousteau como embajador, o las confirmaciones del funcionarios del sciolismo como Gustavo Ferrari, Iván Budassi, Ignacio Crotto o Jorge Telerman, que buscan también esterilizar cualquier intento de que esos designados se sumen a proyectos opositores. Macri lee con tino el resultado electoral y por eso fija la mirada en el tablero de octubre más que en el balotaje de noviembre.
  • Así los restos del proceso electoral sirven a la construcción de la gobernabilidad macrista, tanto como para la construcción de la oposición peronista, que ve más oportuno fijar su interés en los números del balotaje: ninguna fuerza que alcance casi la mitad de los votos en disputa perdería la posibilidad de exhibir los 12,3 millones de votos como el verdadero capital, aunque haya en ese valor también voto préstamo. Sobre eso monta Cristina de Kirchner su saga-comedia de desairar las formalidades que podrían darle prestigio a la asunción de Macri. También Scioli arma sobre esos votos el proyecto ya en marcha de controlar el PJ de Buenos Aires en alianza con intendentes y el pejotismo ortodoxo no cristinista, para alzar una candidatura a senador en 2017. ¿Por qué detenerse en el 37,8% de octubre -un buen porcentaje para un peronismo sin aliados- si la estética del 48,66% amortigua la derrota?

 

Scioli2016

Entender el proceso que siguió a la crisis de 2001 del sistema política también importa para no errar en la interpretación de lo que hará de ahora en más cada una de las fuerzas:

  • En 2007 esos tres grandes cargos los había confiado a tres debutantes en la rama ejecutiva. Fue el primer cargo en ese poder que tuvieron Cristina de Kirchner, Macri y Daniel Scioli, quienes hasta ese año habían tenido responsabilidades electivas en el poder legislativo. Vista esa experiencia en el contexto de la crisis política que se abrió fue una decisión colectiva que, si pudiera explicarse por una voluntad concertada de la mayoría -algo que es admisible sólo como una hipótesis sobre el comportamiento de una sociedad el electorado buscó confiar en gente sin experiencia de Gobierno después de que el Poder Ejecutivo estuviera ejercido por Néstor Kirchner, quien accedió a la presidencia en 2003 después de perder las elecciones ante Carlos Menem y como consecuencia de la resignación del riojano a concurrir a un balotaje que le auguraban como aciago. Esa profundidad que implica un gobierno de minoría que había perdido en las urnas es comparable a la depresión de la economía que vivió el país en 2001-2002. Salir de esa depresión política les dio las responsabilidades ejecutivas principales de la Argentina a esos tres principiantes.
  • Los tres iniciaron el aprendizaje penitencial de todo mandatario que asume un cargo para el que no se aprende ni se acumula experiencia anterior. Los tres aprendieron con sus singularidades y eso explica que en 2011 los tres buscasen su reelección. Eso liberó el apoyo mayoritario que recibió en las urnas Cristina de Kirchner: Macri resignó competir y dejó al electorado independiente y moderado de los grandes conglomerados urbanos que deciden las elecciones, sin representante en la grilla de candidatos. El votante de ese signo tuvo una sola posibilidad de ejercer oposición al peronismo llamado kirchnerista: votarlo a un resbaladizo Hermes Binner o hacer testimonialismo apoyando algunas de las opciones del radicalismo, como Ricardo Alfonsín o Elisa Carrió. Esa es la explicación del resultado de ese año en apoyo del oficialismo que recibió el respaldo de un electorado sin opciones, salvo las del salto al vacío que implicaban Eduardo Duhalde, Alberto Rodríguez Saá o Jorge Altamira.
  • La escalera hacia la normalidad se alcanza en 2015 con la novedad de un presidente ganador que no pertenece a ninguno de los vértices del bipartidismo peronista-radical, pero en un proceso que ratifica las tendencias de fondos del electorado argentino: cuando el peronismo va a las elecciones sin un aliado de algunos de los bordes del espectro político y tiene delante al voto no peronista sindicado en un candidato plausible, pierde las elecciones. Ocurrió con Raúl Alfonsín en 1983, De la Rúa en 1999 y con Macri en 2015. Esa realidad, que está anotada en el manual básico de la política electoral argentina, expresa el movimiento, la naturaleza, los límites y restricciones que tiene cada una de esas dos formaciones que son peronismo y no peronismo. Frente a eso lo que les cabe a los responsables de una y otra fuerza es desplegar estrategias que las beneficien a la hora de las urnas. Los candidatos y el marketing electoral es un ingrediente menor para lograr el objetivo si la estrategia no despliega herramientas que le permitan a unos y a otros aprovecharse de esa realidad que es inconmovible en los últimos 70 años (que es cuando nació el peronismo, 1946).
  • Scioli advirtió el escenario difícil para la elección de octubre hace cuatro meses, cuando se conoció el 5 de julio el resultado de la primera vuelta de la elección para jefe de Gobierno de la Capital (Larreta 45,56%-Lousteau 25,47%-Recalde 21,91%).Se puso en los zapatos del ganador y vislumbró: se me vienen todo juntos encima. Esa percepción a transmitió a la mañana siguiente en una ronda de consultas con asesores que hizo en medio de una gira de actos entre Capital y La Plata sobre qué debía hacer él para lucir en la segunda vuelta. Imaginó hasta la posibilidad -que descartó- de aprovechar el envión de Eco para sacarse una foto con Lousteau.
  • Ya en abril otro resultado porteño, el de las PASO locales (26 de abril: Larreta 47,45, Lousteau 22,23, Recalde 18,73%) había encendido las luces de alarma sobre el abismo del balotaje que se venía en ese distrito y que se temía para la nacional. Ese dato forzó al oficialismo a una reformulación de la estrategia para las PASO del 9 de agosto. El disparador fue el resultado de las primarias para gobernador del Chaco que se hizo un mes más tarde, el domingo 24 de mayo, un mes después de la primera vuelta porteña. En esa elección el FpV tuvo un alentador triunfo por 59,81 a 37,32% por sobre el radicalismo de Aída Ayala, hasta ese momento una de las estrellas de la oposición nacional al punto de que Macri especuló con llevarla como compañera de fórmula.
  • El jefe del peronismo del Chaco, Jorge Capitanich apareció en la mañana del 26 de mayo en Olivos y discutió allí los términos de la nueva estrategia para intentar el triunfo del peronismo en primera vuelta: lista única en Nación y Buenos Aires con Scioli presidente-Randazzo gobernador. El primero estaba en los planes del oficialismo desde siempre como el postulante con mejores chances de darle un triunfo al oficialismo. Desde 2013 la Presidente le había dicho a todos quienes quisieran escucharla que debían trabajar para Daniel presidente. La necesidad de sostener el arco de alianzas que le daba cierta gobernabilidad hizo que Olivos admitiera otros ensayos para la cabeza de la lista, pese a que los coroneles de Olivos fueron trasladados a La Plata (Juan Carlos Mazzón, Rafael Follonier, etc.).
  • En ese pergeño creció la visibilidad de Randazzo al punto de que terminó siendo el peronista de Buenos Aires con mejores marcas de conocimiento y respaldo. No contaban en el vértice del peronismo con la posibilidad de que el ministro dijera que nunca iría en una lista encabezada por Scioli por una serie de razones que se guardó, pero que se basaban sobre reproches sobre su estilo y su eficiencia como gobernador. Randazzo fue ministro de Felipe Solá y eso lo convertía en un opositor inevitable de Scioli, hiciera éste lo que hiciera, porque su prosperidad era la prueba de que era mejor que sus antecesores, un baldón para quien, como Randazzo, se sintió siempre mejor que muchos.
  • La negativa de Randazzo desnudó además un dato que el oficialismo ha debido sobrellevar durante estos años: Cristina de Kirchner no es la conductora del peronismo y no tuvo autoridad para construir un candidato que expresase mejor sus preferencias que Scioli ni para imponerlo a Randazzo como gobernador. Éste desbarató en un minuto esa nueva estrategia y desató la pelea interna entre los otros candidatos que terminó con la derrota del 25 de octubre de María Eugenia Vidal sobre Aníbal Fernández un golpe que lastimó más por la estética que por la política. Nunca habrás de enfrentar en una elección a la bella y la bestia porque ya sabes quién ganará. Ese giro de estrategia fue el último intento del Gobierno de pelear el triunfo en primera vuelta, En julio, cuando se produjo el balotaje porteño, las luces pasaron de amarillas a rojas: a Larreta se le habían juntado todos enfrente y sacó la gobernación de distrito por apenas un 3,28% de los votos. Fue física política básica y no sorprendió ni a Macri, quien el viernes anterior a esa elección amortiguaba el optimismo de su tropa con la frase: esta elección se gana por un voto, no se olviden. Sabía que la diferencia era estrechísima.
  • Retener estas antigüedades nostálgicas importa para entender los intentos de peronismo y no peronismo para armar las estrategias para el tiempo que viene. ¿Podría el peronismo encabezado por Daniel Scioli sumar los aliados que le permitiesen quebrar el conjuro de esa ley implacable? Es improbable -de hecho no lo logró- porque era el candidato de un Gobierno que basó su gobernabilidad, a su vez, en una alianza de partidos y organizaciones que estuvo durante ocho años en el borde de la ruptura y que hubiera estallado si, parta enfrentar las elecciones, sumaba alguna fuerza por derecha o por izquierda. Ese arco puede representarse en los extremos que significaron un Sergio Berni por un lado y Milagro Sala en el otro; si se ilustrase ese dúo según los lugares que ocuparían en una comisaría cada cual según la percepción del otro, el médico-militar figuraría en la guardia de prevención y la activista jujeña en un calabozo. Con esas lindezas de la transversalidad -necesaria para Olivos en función de asegurar la gobernabilidad- era imposible sumar nuevos aliados para el segundo objetivo que era darle continuidad al gobierno peronista. Si el aliado venía por derecho habría rebelión en el calabozo; si venía por izquierda, emergencia en la guardia de prevención. Para sintetizarlo con brutalidad: lo que le servía al gobierno peronista para tener gobernabilidad, conspiró contra su posibilidad de ganar un nuevo mandato para Scioli.
  • La misma lectura merece la fórmula Cambiemos, que es un pergeño de Macri y la cúpula del Comité Nacional del partido para cerrar un arco de alianzas que replicase la oferta que tuvo el no peronismo en 1983 y 1999. La experiencia de no competir en 2011 le dejó una lección porque el peronismo aprovechó la ausencia del eje moderado de centro, radicado en los grandes distritos, que presentaba su figura, Carlos Reutemann, Francisco de Narváez y otros. La segunda lección la tuvo en 2013, cuando Sergio Massa anotó, a las 23:45 de la madrugada del cierre de listas, una formación propia para las PASO legislativas. Ahí se despidió de su estrategia desde la década anterior: esperar que el peronismo, a falta de otros candidatos, viniera a buscarlo a él. En ese cierre entendió dos cosas: 1) que Scioli era, contra lo que creían muchos, parte genética del llamado kirchnerismo. 2) que si para Massa no había nada en el peronismo -y que por eso se veía en la necesidad de tomar un rumbo por afuera del FpV del cual había sido candidato dos años antes- menos habría para él. Desde las PASO de 2013 radicalizó, sin dudar en adelante nunca más, que nada tenía que hacer cerca de cualquier sello del peronismo nacional, y salió a la búsqueda de la alianza con los radicales, que a falta de un candidato ganador, podía darle a él el ticket presidencial. En el discurso desde entonces marcó diferencias con el peronismo y resistió los llamados que recibía de propios y ajenos, de los lobbistas empresarios y los opinadores de profesión de los medios enojados con el gobierno, de acercarse a Massa. Acentuó la puridad no peronista de la nueva formación que armaba para 2015, algo que validó en el acuerdo con Elisa Carrió y después con la fracción ganadora en marzo pasado de la convención nacional de la UCR -Ernesto Sanz, Enrique Nosiglia- que privilegió la alianza con el Pro y rechazó la cercanía -en el orden nacional -con el Frente massista. Si lo hacía, concluyó, dinamitaría su estrategia y terminaría anotando al PRO en una interna del peronismo oficialista y disidente, además de terminar de marginar de su lado a los radicales que le ofrecían la marca para competir en las PASO. Cerrada esa estrategia no había más que esperar que se cumpliese la fatalidad de manual. Que ganase las elecciones sobre el peronismo sólo pudo sorprender a los distraídos o a quienes ven la superficie de la política y no sus fondos profundos e inconmovibles.
A %d blogueros les gusta esto: