Circula en estos días una lectura del final de la Segunda Guerra Mundial que puede ilustrar por analogía, siempre, los hechos que leemos en los diarios. El historiador inglés Alan Allport revisa el debate entre Winston Churchill y Franklin Roosevelt sobre cómo y para qué terminar con la guerra contra el Eje.

Allport imagina un escenario donde Churchill intentó hasta el último momento una ayuda limitada de los Estados Unidos en la guerra, para poder controlar la posguerra y salvar los restos del imperio británico. Roosevelt, en cambio, era un crítico de ese sistema y demoró el apoyo hasta imponerle a Churchill un programa que evitase la prolongación del imperio global de Gran Bretaña.
“El hijo del presidente, Elliott Roosevelt – cuenta Allport – recordó más tarde cómo se le enrojecía el cuello a Churchill mientras su padre le daba lecciones sobre la necesidad de un comercio libre de aranceles para la paz internacional. Y FDR continuó: “No puedo creer que podamos librar una guerra contra la esclavitud fascista y, al mismo tiempo, no trabajar para liberar a los pueblos de todo el mundo de una política colonial retrógrada”. La escena, dice Allport, ocurrió en la primera reunión de los dos estadistas en bahía de Placentia, Terranova, en agosto de 1941. Desde ese encuentro a bordo del USS Augusta, remata Allport, el presidente estadounidense había estado instando a Churchill a abandonar la política colonial retrógrada de Gran Bretaña. “En comparación con el conservador Churchill – escribe Allport -, Roosevelt era un Robespierre consumado, un revolucionario mundial”. Acaso Trump con el gesto de terminar con el dilema de Maduro resistiendo sobre la montaña de petróleo y gas desde la vereda de enfrente, actuó con la impiedad de un Robespierre revolucionario” (“Advance Britannia The Epic Story of the Second World War, 1942-1945”, Knopf, 2026).
Apogeo del “Tariff man”
El cambio que trae la segunda presidencia de Trump es la imposición de tarifas para cerrar la economía de su país, en contra de la apertura librecambista que significaron los acuerdos de Bretton Woods que han regido hasta ahora.
En ese punto Trump se erige como el “Tariff Man” revolucionario que fascina a los anti globalistas con lemas como “Soy un defensor de los aranceles. Cuando personas o países vengan a saquear la gran riqueza de nuestra nación, quiero que paguen por el privilegio de hacerlo”. Los contradictores de Trump creen que el sistema tarifario, en el mediano y largo plazo, daña a la economía de su país y a la del resto del mundo.
(De la columna «Venezuela, arma de uso local y moneda de cambio», ENTRETELAS DE LA POLÍTICA, en Clarín de hoy – https://www.clarin.com/economia/venezuela-arma-uso-local-moneda-cambio_0_4Q1LxqZQa5.html)